Ahí estaba yo, dedicándole mi precioso e inútil tiempo. El tipo no daba para nada, pero yo permanecí durante no sé cuánto tiempo a su disposición, accediendo a casi todo lo que me pedía. Era un vendedor del Círculo de Lectores, más o menos del tamaño de un taxista, con el pelo anillado y zapatos de pico. Llevaba una camisa muy bien planchada y un cordón de oro con un escudo del Betis. Tal vez fue esto último lo que hizo que simpatizara con él, y sólo me refiero al hecho de que fuese de ese equipo, no al adorno en sí.
Hablaba mal y mucho, demasiado para su oficio, en una mal entendida estrategia de quienes pretenden salir a la calle a comerse el mundo. Aunque habría que ver lo que me comería yo, con mi introversión y mi poca jeta. Olía a tabaco, y antes de que esto comenzara a molestarme hasta no poder soportarlo, ya me estaba pidiendo permiso para fumar. Yo, al querer decir que no, le dije en realidad que no me molestaba. Tal vez yo quisiera haber cambiado la "b" de esa última palabra por una "r", pero no tuve abbestos, o mejor dicho, arrestos.
Me vendió una suscripción por dos años y desoyó por completo no sólo que a mí me gustaba ir a las librerías, sino también que ya tengo una "proveedora". Me había preguntado qué libro había leído el último. Yo, en lugar de mandarle al diablo preferí mentirle, porque no creo que conociese nada de Paul Auster. "Ése primero de Millenium, el del sueco, pero no me gustó". Entonces me aconsejó que leyera "Los hombres que no amaban a las mujeres, que también es de un sueco, ya verá usted como se lee todos los libros que está escribiendo este tío, que está ya forrado". Yo me imaginé a Stieg Larsson momificado entre billetes de cien euros, impidiendo que los gusanos llamaran a su puerta. Seguro que él resistía mejor que yo.
Acto seguido me preguntó que qué leía ahora, y yo le dije que nada, ocultando en mi mente el "Tokio Blues" de Murakami que me han servido recientemente. Temía como a nada en el mundo que este hombrecillo no pudiese repetir (como hacía con todo lo que yo decía) esas cuatro sílabas en el mismo orden.
Al final me pidió tres euros, en concepto de gastos de nosequé. Me pareció tan poco dinero que ni siquiera recordé el concepto, busqué en mi bolsillo y se los di con la esperanza de que me dejara de una vez en paz.
No quise ser un borde y aguanté hasta el final. Ahora no sé por dónde meterme la suscripción y ni siquiera sé cómo arrepentirme de haberme dejado embaucar por alguien que comenzó enseñándome el carnet de identidad para que yo verificara (sin pedirlo) que era un comercial autorizado. Recordé aquella triste expresión tras las gafas de un Dustin Hoffman en horas altas, interpretando al famoso personaje de Miller. No pude sobreponerme al clima de crisis y deyección social en el que estoy inmerso desde hace más de un año. No quise sentirme superior. No tuve valor para nada.
